Público: “La polémica del tóxico del biberón”. Buen reportaje sobre Bisphenol A
(English intro to Spanish lang. post) Two weeks ago Denmark decided to ban Bisphenol A in materials that contact food for children under three (baby’s plastic bottles the most obvious) at least until new EU evaluations appear at the end of this year. Some UK and Italian scientists are asking their politicians to do the same. Last January FDA expressed concern about human health risks of BPA after having declared it safe in 2008. Probably this was behind good science reporting in Spain about the controversy. Público has a two page story that reviews the scientific literature, balances the risks, and checks on Spanish official agency stands. The conclusion: The few studies on possible human health risks haven’t proved significant danger at the levels exposed. But they clearly induce some worries. More research is still needed to clarify this issue. Until new and more conclusive data appear, Spain will respect the European recommendations and won’t take official measures to limit the BPA in plastic or epoxy resins used in food industry.
El Bisphenol A (BPA) es un compuesto químico que se ha utilizado durante más de 50 años en la fabricación de plásticos y resinas epoxi. Este plástico se encentra en compact discs, partes de tu automóvil, juguetes… pero también botellas de plástico, chupetes y otros recipientes cuyo contenido es ingerido por tu cuerpo. Respecto las resinas epoxi, uno de sus muchos usos es recubrir el interior de las latas de comida para proteger los alimentos que contienen. ¿supone un riesgo? Esa es la gran pregunta. Por una parte sí está clarísimo que en ciertas condiciones estos plásticos o resinas epoxi pueden (por ejemplo calentándolos) “supurar” parte de su BPA e introducirlo en tu organismo. Y por otra, varios estudios científicos han insinuado -no probado- posibles efectos negativos para la salud humana. Dosis es la palabra clave.
En el 41% de ríos estadounidenses se encuentran cantidades significativas de bisphenol A, y a pesar que no parece bioacumularse en los organismos acuáticos, sí se ha observado que provoca alteraciones en el sistema reproductivo de peces e invertebrados. En humanos, estudios midiendo sus niveles en orina demuestran que claramente estamos siendo expuestos a BPA. ¿a niveles suficientemente altos como para restringir su uso en biberones o contenedores de alimentos que puedan suponer un riesgo? Esta es la cuestión que aborda Público en un muy buen reportaje de dos páginas de Ainhoa Iriberri: “La polémica del tóxico del biberón”.
La polémica es muy antigua, y podría remontarse décadas cuando se descubrió que el bisphenol A podía actuar como análogo de estrógenos y afectar al sistema endocrino. Desde entonces, la gran mayoría de estudios han sugerido su inocuidad a los niveles que estamos expuestos, pero al mismo tiempo la aparición puntual de investigaciones desvelando posibles efectos cancerígenos, cardiovasculares, trastornos reproductivos, y especialmente la mayor susceptibilidad de infantes, han ido manteniendo este compuesto bajo sospecha constante. Tanto que (y este es el motivo de que en estos momentos Ainhoa decida con acierto no hacer caso de un único estudio sino revisar de manera general donde nos encontramos) el gobierno de Dinamarca haya decidido prohibir temporalmente el uso de productos con Bisphenol A (identificado con un 7 en los productos de plástico que lo contienen) en niños menores de 3 años hasta que se presente una evaluación más completa. Sigue así la pauta de Canadá, y la decisión del pasado enero de la FDA estadounidense de incluir al Bisphenol A en la lista de sustancias preocupantes, tras haberlo declarado seguro en 2008. ¿Debería hacer lo propio el gobierno español? En una entrevista al presidente de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, Roberto Sabrido se muestra convencido de la inocuidad absoluta del bisfenol A, puesto que la exposición máxima en bebés es un tercio menor que la ingesta tolerable. Y, basado en el global de toda la literatura médica (no sólo los pocos estudios que observan efectos negativos) decide declararlo como seguro. En el extremo contrario, Greenpeace solicita medidas preventivas urgentes.
Así introduce el artículo Ainhoa, pero hace algo muy destacable: no ofrece el mismo espacio de texto ni credibilidad a Greenpeace que a la Agencia de Seguridad Alimentaria. Evidentemente no tienen el mismo grado de objetividad o responsabilidad como fuente, y aunque este “un tercio menor” expresado por el presidente de la AESAN no nos deja tranquilos en absoluto, vemos que es en la ciencia donde debemos buscar respuestas. Y de momento, no las tiene. Uno de loa estudios que cita el texto, y de los más expuestos por los críticos del bisphenol, es el que publicó en 2008 JAMA observando mayores niveles en orina de esta sustancia en enfermos de diabetes y cardiovasculares, pero como indicaba el Tracker, tal estudio mostraba sólo una correlación; de ninguna manera una relación causa efecto. Y éste es un detalle trascendental en epidemiología, que el artículo de público no debería haber obviado. La toxicidad del bisphenol A está bajo sospecha, pero do demostrada todavía como un riesgo para la salud humana a los niveles que podemos estar expuestos. Y así se transmite en el contenido del artículo de Público, a pesar que las frases destacadas y infografía de la versión impresa inducen a más preocupación.
Una anotación para terminar: este artículo refleja perfectamente el papel imprescindible del periodista especializado en ciencia, que no sólo recoge la nota de prensa de una institución, grupo activista, o describe estudios de manera aislada; sino que aborda un tema de interés contrastando visiones, revisando estudios, da un contexto a la situación, y ofrece datos claves de una manera bien didáctica. Con este tipo de trabajo, el periodismo científico puede competir por la atención del lector ante cualquier otra sección del periódico, y demostrar la función que tiene en una sociedad cada vez más compleja y menos confiable.
- Pere Estupinyà